| 27 Septiembre 2006
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CANTARES DE LOS VIENTOS PRIMERIZOS
Wila che be ze lhao Novela Zapoteca
Javier
Castellanos
Martínez |
CONTRAPORTADA.
Las letras indígenas contemporáneas constituyen una propuesta que los escritores de las diferentes lenguas originarias de México encuentren un espacio permanente para la publicación y difusión de sus obras literarias.
Esta serie se realiza en colaboración con las Direcciones Generales de Culturas Populares y de Publicaciones del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Dentro de esta colección se incluye la presente novela histórica en lengua zapoteca y en español: Wila che be ze lho (Cantares de los vientos primerizos). En ella está contenida la memoria histórica que los pueblos zapotecos de la Sierra Juárez, aún conservan en su cotidianidad. En la novela se recrean las formas en que se expresan el origen y la cosmovisión de este pueblo, así como sus propuestas para el futuro.
Javier Castellanos Martínez nació en el estado de Oaxaca, en la comunidad de Yogovi de la Sierra Zapoteca, el 20 de septiembre de 1951. Es promotor cultural; fue ganador del concurso “Monografías sobre el maíz” que realizó el Museo Nacional de Culturas Populares en 1982. Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes del área de Literatura en lenguas Indígenas; ha editado varios audios con letra y música de cantos en idioma zapoteco.
Editorial DIANA MÉXICO.
Primera edición, Octubre de 1994
ISBN 968-13-2725-X
ISBN 968-13-2728-4
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SOBRE EL ZAPOTECO EN YOJOVI
La variante dialectal en que está escrito este trabajo corresponde al que se habla en Yojovi, municipio de Soloaga, Oaxaca. Aparte de algunos sinónimos que usamos en esta comunidad se advierte al lector que la rh que usamos corresponde a la ih que utilizan otros pueblos.
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Ojos del cielo, oídos que hay en cerros y ríos, sabiduría y sensibilidad de los vientos primerizos. Todos estos seres saben, de lo que voy a contar, hasta dónde hay mentira y ellos también saben con más exactitud que yo, cuándo fue, dónde exactamente sucedió y quién en verdad lo hizo y le sucedió. Asimismo, solamente ellos saben porqué lo hice y lo cuento y, lo demás, lo dejo y me dejo en sus manos. Hice lo que me tocó hacer, ustedes saben quién soy.
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CAPÍTULO I
EL PRINCIPIO
Ya quedó lejos el tiempo cuando salí de nuestro pueblo, salí gracias a la pobreza que padecemos, salí porque mis finados padres ya no querían que yo viera los sufrimientos por los que ha estado pasando nuestro pueblo.
Al salir tuve que atreverme a mezclarme con lo que no es nuestro y por eso es que ahora yo sé, yo entiendo de cosas que muchos no comprenden y no entienden y a veces ni siquiera se imaginan que puedan existir; como, por ejemplo: el lugar al que llegué cuando salí de este pueblo, era una casa que había muchos niños como yo, cuando llegué no me di cuenta que eran niños causantes de daños: niños que habían matado a sus compañeritos, algunos a sus padrastros; había niños que les gustaba robar y también había niños cuyos padres estaban en la cárcel o que eran inválidos y por lo tanto, no podían mantener a sus hijos, y los demás, eran huérfanos; en cambio yo, en aquel entonces, todavía vivían mis padres, no estaban inválidos, no estaban en la cárcel y ni yo en aquel tiempo, había hecho algo indebido. ¡Ay! de nosotros que nacimos junto a hierbas, con tal de salir de la pobreza, con tal de salir del lugar que creemos que no vale, por eso salí yo de mi pueblo y desde entonces he caminado mucho y he visto más.
En ese tiempo, cuando llegué a esa casa, yo no sabía hablar nada de castellano, es asombroso como se logra una hallar con gente que en nada se parece a uno.
Un año estuve en esa casa, ya no pude soportar más el maltrato que nos daban las señoras que mandaban ahí y, gracias a que en ese tiempo aún vivían mis padres, me atreví a escapar de ese lugar para regresar a lo mío.
Cuando regresé al pueblo, mis padres no se convencieron de mi decisión, y otra vez, me llevaron a la ciudad. Y de nuevo, a otra casa donde había niños y muchos más que en la anterior. Sólo que aquí el trato era diferente. Aquí estuve como seis o siete años, aquí aprendí el español, aquí aprendí a sobrevivir cuando no hay de comer, cuando hay frío y cuando hay dolor. En ese año que llegué a esta escuela, fue cuando quedé huérfano. Aquí me di cuenta que las cosas se ven mejor de lejos, porque hasta que estaba en este internado comprendí el porqué, los niños de la anterior casa, se asustaban de noche diciéndose “hay viene el señor de la Vega”. Hasta aquí viene a saber quién fue el señor de la Vega: fue el gentil hombre que donó su casa y su dinero para que se atendiera a niños como los que estaban en ese lugar, pero ya había muerto y los niños creían que él venía a ver cómo estaba su obra deseada y por eso se asustaban. Si así fuera yo creo que también él se escaparía de ese lugar al ver el trato que le daban a los pobres niños que ahí habíamos caído pero, seguramente desde el lugar en donde se encuentra, donde le tocó llegar, él hizo que desapareciera, ya que a los pocos años, los niños se fueron y esa casa ahora esta convertida en casa de ricos.
Sean como sean estas escuelas, cuando terminé la primaria insistí en buscar otra donde también me dieran de comer y en dónde dormir. La hallé, y en ésta estuve otros seis años y no me conformé hasta que salí como “maestro titulado”. Recién salido tenía yo muchas ganas de ir a mi pueblo, a trabajar por ese rumbo aunque ya no vivían mis padres. Desde hacía mucho ya no había ido allá, pero tenía entusiasmo de hacer algo para mi gente, por eso ya había iniciado los trámites para que me mandaran a trabajar como maestro por ese rumbo. Ya iban mis diligencias avanzando cuando todo se vino abajo. Y es que para nosotros, estudiar es sufrir y hace uno lo que nos se debe con tal de avanzar. Creo que aquí empezó mi problema. Cuando me sucedió esto, yo ya era un soltero grande y pues así me portaba. En ese andar conocí a una mujercita doncella que era del pueblo en donde estaba la escuela en que estudié para maestro. Ya casi era costumbre que todos los jóvenes estudiantes tenían su novia del pueblo, hubo varios que hasta formalizaron sus compromisos como tampoco faltaban quienes sólo querían desperdiciar. Yo por mi parte, si tenía la idea de que lo nuestro se hiciera formal, además de que gracias a esa mujercita y a sus padres es que yo pude terminar mis estudios: si tenía yo hambre, si necesitaba algo, a ellos recurría y así era en este pueblo, casi todos los que fuimos estudiantes les debemos algo, confiaban mucho en nosotros, decían: “cómo no vamos a confiar en ellos si están estudiando para cosas buenas, es gente que esta aprendiendo a pensar”. Y precisamente por no esforzarme en pensar fue que eché a perder el inicio de mi camino.
Como le decía, ya estaba yo tramitando para que me dieran mi trabajo y como en ese tiempo yo no tenía dónde llegar, vivía y llegaba a la casa de la mujercita que era mi novia, nadie me decía nada, hasta que llegó un día en que en la pieza que me daban para dormir, allí me estaba esperando el papá de la mujercita, lo vi un poco serio.
-¿Ya te dieron tu trabajo?- me preguntó.
- Ya- le contesté-, sólo unos papeles más tengo que entregar y ya me dicen a que lugar voy a ir a trabajar.
Me preguntó también que cuándo iba a regresar, que qué pensaba hacer después y otras cosas, pero yo no pude hablar con él como debiera haberlo hecho.
-Perdón, señor- le dije-, voy a ir a trabajar por mi pueblo, quiero ir a ver a los parientes que todavía tengo allá, y muchas gracias por toda la ayuda que ustedes me han dado, pero en cuanto reciba mi primer sueldo, inmediatamente vendré a pagarles todo lo que me dieron cuando lo necesité.
Pobre señor, se quedó un rato pensando hasta que volvió a preguntar:
-¿Y mi hija?
Aquí empecé a mostrar mi nulidad, aquí se vio mi orfandad de consejo, de respeto y de amor; en mi cabeza, entonces –teniendo en cuenta que recién había salido de la escuela- sólo había idea de pasear, conocer, ganar dinero; que iba yo a estar pensando en agradecimientos; en la paisanita que fue mi novia, mi hermana, mi madre cuando la necesidad me azotó. Cuando el señor preguntó por su hija, de mi boca salieron palabras totalmente volteadas: le hablé de leyes, de derechos, de cómo inicia y cómo termina, pero no quise saber nada de su hija, no acepté formalizar nuestras vidas; hablé como un tarado, meramente que acababa de salir de la escuela y al pobre señor ya no le quedó nada que decir, se quedó sentado pensando y cuando lo vi así, me paré y salí de la pieza en la que estábamos.
-Mañana vengo a recoger mis cosas- todavía le dije.
Y así fue, al día siguiente me dieron mi nombramiento, mi comisión, y “ahora sí, a trabajar”, pensaba yo muy contento. Después me fui a recoger mis cosas y cuando llegué a la casa de mi novia, vi allí a varios señores que no conocía, nunca imaginé que fueran policías y en cuanto me vieron me agarraron y a la cárcel. Y aquí se acabó el trabajo, el paseo, el dinero, el conocer, estuve mucho tiempo en la cárcel porque no aceptaba hacerme cargo de mi mujercita, que en ese tiempo ya estaba esperando un niño. Después de tres meses, hasta que nació el niño, y acepté reconocer mi error, me sacaron de la cárcel. Al salir ya no hubo posibilidad de trabajar como maestro por ese año y de esa manera empecé a trabajar en el campo con el que fue mi suegro y gracias a él aprendí cosas del campo, me gustó, y además conocí la vida que se lleva en una familia, supe lo que es un hogar. Seis años viví con mi esposa y familia, iba bien lo nuestro hasta que la contradicción entró a nuestro hogar en forma de mujer hermosa, que trastornó mi mente y movió mi corazón y así nuevamente quedó destruido lo mío. Insignificante es la vida.
Cuando salí de lo que fue mi casa, al ver que no tenía a dónde ir, dónde trabajar el campo, que ya me había gustado, no me quedó de otra más que solicitarle al gobierno trabajo para irme de maestro, ya que a fin de cuentas para eso había estudiado.
A varios y diversos pueblos fui a trabajar como maestro de escuela. Muchas cosas se encuentran andando así: hay pueblos en donde no puede uno ser como ellos y no se puede estar en ellos, y hubo pueblos de donde casi me corrieron, sin necesidad de justificarse, para eso no les faltaron pretextos, con que lo hayan decidido ellos es suficiente... de cuántas cosas no me acusaron a mi de los lugares que yo salí: que era yo borracho, que faltaba y de lo que más me acusaban es que yo molestaba a las alumnas grandes. Yo creo que hasta hoy, si usted pregunta: ¿por qué sacaron a ese maestro? Así le van a contestar. Por todas estas cosas y además de que ya tenía un buen tiempo de trabajar en los pueblos, por fin me hablaron mis superiores para que fuera a trabajar a la ciudad, en las oficinas, y eso me puso muy contento cuando sucedió, pensando que se había acabado el sufrir para mí.
Como en todas las oficinas, uno entra a las nueve de la mañana y sale a las tres de la tarde, haciendo cualquier trabajito, y aquí mismo aprovecha uno para almorzar y para comer y después de eso ya sé esta libre. Así me la pasaba saliendo, me iba a pasear por la ciudad o me iba a descansar a mi cuarto.
Estando aquí conocí a un señor que le interesaba mucho los idiomas que se hablan en los pueblos y, quien sabe como, supo que hablaba el idioma y empezó a convencerme de que aprendiera yo a escribirlo, hasta que me hizo una invitación.
-es necesario que aprendas a escribir tu idioma- me dijo.
- cómo no- le respondí-. Si quiero aprender, pero quien me va a enseñar.
Así fue como este maestro me fue enseñando a escribir mi idioma. Me costaba trabajo, porque es muy diferente al español y a veces me desanimaba y quería dejarlo, pero, nunca me atreví porque este maestro era de los jefes y para evitarme problemas seguía intentándolo. Así estaban las cosas, cuando una vez me llamó a su oficina y me dijo:
-Ya sabes cómo escribir tu idioma ahora ¿verdad?
-Ya, licenciado- le dije-.
-Qué bueno pues. Porque hay una idea de producir materiales en idiomas y queremos que aquí, tu te encargues de hacerlo. Puedes escribir algo sobre tu pueblo o lo que a ti se te ocurra.
Ya me estaba preocupando, pensaba que de dónde sacaría cosas de mi pueblo para escribir y hasta me arrepentía de haber aceptado aprender, cuando el maestro me dijo:
-Además, este trabajo no lo vas a hacer gratuitamente, aparte de tu sueldo como maestro, vas a tener unos honorarios por escribir y, para que puedas hacerlo, quedas libre de la oficina para que salgas a investigar lo que necesites y tengas material para escribir.
Cuando terminó de hablar, ya estaba yo contento, cómo no iba a estarlo si iba a recibir dos sueldos, ya no iba a trabajar en la oficina, por fin se iba a cumplir mi idea de ir a trabajar por mi rumbo como había sido mi sueño y como dijo el licenciado, “con todos los gastos pagados”, por eso es que para nada puse obstáculos y como ciego dije:
-Usted diga cuando empezamos y lo hacemos. Se puso muy contento el licenciado cuando oyó eso y me dijo, mientras escribía en un papelito que me dio:
- Preséntate con esta tarjeta al departamento de personal para que te den tus viáticos y te pongas de acuerdo con ellos sobre tu salida.
Así fue como empecé otro camino.
Nunca pensé que iba salir de la ciudad para siempre, creía que de vez en cuando serían las salidas para hacer este trabajo al que ya me había comprometido y, además, pensaba: “cómo dejar la ciudad ahora que ya voy a comenzar a ganar más dinero, si aquí es dónde hay cosas para gozar” y por eso mismo a ninguno de mis amigos de la ciudad les dije a dónde iba a irme, porque no imaginaba que era para siempre.
Antes de partir me compré una bolsa de cuero, como la que usan los que hacen este tipo de trabajos, me compré mis botas y otras cosas más e ilusionado, salí de la ciudad y desde entonces hasta el día de hoy, aquí ando.
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SUCEDIÓ EN OAXACA
Jorge
Fernando
Iturribarría.
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CONTRAPORTADA.
JORGE FERNANDO ITURRIBARRÍA, nació en Oaxaca en 1902 descendiente de una familia arraigada en su ciudad natal. Se desenvuelve del ambiente de su época descollando siempre por su gran interés por la cultura y las bellas artes de las que no solo disfruta en lo personal, sino las difunde y expande.

Periodista, acucioso historiador, logra que se publiquen casi la mayoría de sus obras como “La Historia de Oaxaca” en cuatro tomos, “Porfirio Díaz ante la Historia”, “Historia del Arte”, entre otras.
“SUCEDIÓ EN OAXACA” viene a ser, además de su obra póstuma, la circunstancia ambiental en la que se desarrolla todo ese “por qué ser” de sus libros.
El oaxaqueño encontrará el deleite de remembranzas vividas. El que ama a Oaxaca, descubrirá la razón de su idiosincrasia que embruja. Para el neófito, despertará primero curiosidad, después interés de investigar y finalmente, será un nuevo enamorado de Oaxaca. E.I.
Colección “Gilfo” del gobierno del Estado.
SECRERTARÍA DE DESARROLLO ECONÓMICO Y SOCIAL.
CONSEJO ESTATAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES DEL GOBIERNO DEL ESTADO DE OAXACA. 1992.
CAPITULO VIII
COMO ERA OAXACA A FINES DEL SIGLO PASADO 1880
EL HOGAR OAXAQUEÑO
LA CASA OAXAQUEÑA obedecía al propósito, aunque humilde, de ser vivida, gozando su hambiente de todos los satisfactores dables de su tiempo. Era amplia, dispuesta de manera que en ella pudiese albergarse calor de hogar. El primer patio, independiente de su dimensión, era un cuadrado rodeado de cuatro corredores, de cuyos techos, colgaban jaulas con canarios, jilgueros y cenzontles. En el centro había una fuentecita siempre rebosada de agua, y en torno suyo tiestos de flores, macetas y jardineras.
CASAS DEVERAS PARA SER VIVIDAS.
El plan del inmueble contemplaba habitualmente habitaciones de uno y otro lado de los patios, de techos altos y bien ventilados, suficiente en número para cubrir las necesidades de una familia bien dotada de vástagos; y habiendo en ella cuando menos dos patios interiores, éstos podían contener las piezas que pudieran venir a faltar al futuro, incluyendo, naturalmente, el baño, la cocina y el retrete, del que más vale no menearlo.
Por ser el coche de uso común entre familias pudientes, en el plan de una casa completa se consideraba la caballeriza.
LAS VELAS Y LOS QUINQUÉS.
Sus moradores –que no podían imaginar lo que la humanidad iba a ganar con el invento de Menlo Park- estaban satisfechos con el alumbrado de petróleo, con el quinqué de dos y tres luces, como se llamaba, provisto de una pantalla transparente de porcelana, bien de colgar en el centro de la sala de estar o del comedor, o ya de colocar encima de la mesa de trabajo o de la noche, quinqué que desprendía de sí un fulgor cegador si estuviese muy próximo. Hubo también, y eso de antaño, como en los templos, la vela de cera, la vela de estearina, y las menos alumbradoras de parafina. En último renglón en cuanto a iluminación quedaron las paupérrimas de sebo y muy debajo de la escala, el humilde “codalito” de a centavo, que apenas alcanzaba su fugaz vida para desvestirse y medio leer la oración al Ángel de la Guarda.
SERVICIO AL TRANSEÚNTE APURADO.
Era tal la familiaridad respetuosa entre los oaxaqueños, y su hospitalidad reconocida, que perpendicularmente a uno de los muros del zahuán de las casas; corría un caño deliberadamente abierto para que el transeúnte urgido de necesidad imperiosa, pudiera pasar y, sin pedir licencia ni hacerse presente con el morador, entrar a desaguar el líquido que le estorbaba.
LAS DESTILADERAS.
Y, pasando el zahúan, a la entrada de las casas había “la destiladera”, pieza de cantera porosa, labrada en forma de pilón invertido de azúcar, que era colocado dentro de una especie de hornacina especialmente labrada en la pared; (los muros eran siempre, ya se sabe, de una vara de espesor). El depósito o hueco excavado en la parte superior de la destiladera, se llenaba de agua y ésta, filtrándose iba escurriendo gota a gota, con un ritmo de clepsidra, sobre una jarra de barro colado, de Atzompa, que comunicaba al líquido un sabor delicioso como el olor o perfume de la tierra recién mojada. Buen trecho del asiento de la jarra quedaba embutido dentro de una cazuela de arena en agua, que daba permanentemente al contenido de la aljofa o jarra una temperatura deliciosa; y cerca había un vaso para servirla y gustarla.
La hornacina con destiladera se situaba precisamente a la entrada de la casa para que el visitante pudiera, si quería, apagar su sed y refrescarse. En esta forma se suplía el hielo, que sólo en forma natural se recogía en determinado punto del cerro de San Felipe, eminencia que domina a la ciudad al Norte, abriendo sus alas como en ademán de protegerla, y en verdad que la protege de los vientos del septentrión, si “hay Norte” en Veracruz. Sus matices verde violeta, cambiantes en el transcurso del día, siempre son un gran espectáculo.
LOS POZOS CASEROS.
Casi todas las moradas estaban provistas de pozos, y además había agua corriente venida, aunque en cañería de barro, del mismo cerro benefactor a través del acueducto de piedra de cantera, hoy en desuso.
Este servicio fue mejorado y depurado con la construcción de la “media naranja”, cerca de La Cascada, hoy seca a pretexto del paludismo, y de lo que fue la capilla dominica de San Bernardo (hoy la Resolana).
LA CALENTADERA DE CARBON.
El agua para el aseo personal, para el baño y otros menesteres, se calentaba en un aparato hecho de hojalata, fuerte, en forma de copa invertida. Abajo, en su base cilíndrica, estaba la hornilla, alimentada con carbón vegetal. Estaba atravesada la imaginaria copa, de abajo a arriba, interiormente, y sobresalía en la parte superior haciendo de respiradero.
El vuelo de la “copa” se llenaba de agua, que podía contener entre cuarenta y cincuenta litros. De allí se tomaba el líquido para el baño o para lo que fuese, y si de bañarse tratábase, se pasaba el agua, a jicaradas, a una gran tina redonda de barro vidriado, igualmente de Atzompa, y en esta tina se encuclillaba el bañista, que podía sentarse con alguna comodidad para enjabonarse con el infaltable estropajo oaxaqueño de raíz de vegetal. Este aparato se llamaba, naturalmente “calentadora”. (No se ha podido saber si fue ideado o imitado en otra parte). Era lo usual en todos los hogares, pues no había otro medio de calentar depósitos mayores de agua.
EL BRASERO, EL SOPLADOR Y EL OCOTE.
El local para la confección de alimentos y planchado de ropa era la típica cocina mexicana, con el brasero alto de mampostería a base de carbón vegetal, que se prendía con ocote “Chomoncle”, es decir, muy resinoso; el fuego se avivaba agitando el “soplador” de palma tejido por el mixteco.
Este soplador era tan eficaz, que extendía la ceniza del bracero, y ésta se posaba sobre alimentos, trastos, vajillas y muebles y podía hacer encanecer la cabellera de la fámula en menor tiempo que la reina María Antonieta de Austria, infeliz consorte de Luis XVI vio blanquearse el tocado en su cautiverio de las Tullerías.
LOS HIJOS QUE DIOS ME MANDE.
Las señoras eran generalmente abundantes de carnes y prolíficas. El echar prematuramente jamón, como se dice, esto era resultado natural de, además de una existencia más o menos tranquila, de vida sencilla y pródiga por la abundancia y costo irrisorio de las provisiones de boca –una gallina un real (doce centavos), la leche, el litro a medio (seis centavos), y el maíz a tres reales (treinta y siete centavos el almud).
Las señoras de fines del siglo pasado (XIX), además de las labores del hogar, de donde eran casi inamovibles, y de cuyo trabajo les aliviaba una legión de criadas, -pese a los numerosos vástagos-, dividían su tiempo en “estar” en la casa, en ir al templo, pagar una visita o asistir, siempre del brazo del marido, a una función de teatro o de circo o de títeres de Rosete Aranda, y muy de cuando en cuando, a un sarao, tertulia o plática devota.
SE COMÍA 5 VECES AL DÍA.
Esa abundancia de carnes provenía principalmente de mucho yantar y del poco andar que, a poco de casadas, les daba a las señoras aspecto de matronas romanas. Efectivamente, en las casas en donde había abundancia se daba buena tarea el manducamiento y al estómago, cinco veces al día, como hábito establecido: el desayuno , entre siete y ocho de la mañana, venía el almuerzo con atole, chocolate o champurrado y uno o dos platos fuertes con carne, sin faltar el tasajo oaxaqueño de bien acreditada fama; a las doce del día, el “tentempié”, con fruta simplemente y sólo “porque el estómago ya lo pedía”; a las dos de la tarde la comida, con dos sopas, algún guisado con carne, coloradito, verde o amarillo, un altero de tortillas y frijoles, otra vez fruta y postre de dulce, de aquellos deliciosos de leche y pasta de almendra que hacían las monjitas. A la oración de la tarde no faltaban los pastelitos, algún dulce o la nieve. Esta se mandaba comprar a “La Neería”, casi el único “rendez vous” social en los altos del Portal de Clavería (hoy Hotel Marquéz del Valle). El hielo, ya se sabe, venía del cerro de San Felipe, de un punto llamado también “la nevaría” situado en una de las hondonadas de la cima.
En cuanto a la prolificidad, sin límite: “Los que Dios me mande”, y así los nacimientos se sucedían con ritmo biológico, cada once o doce meses. El número regular aceptable de vástagos era de entre ocho y doce, pero no había taxativa o mayor impedimento que el de la salud. Hubo casos, no excepcionales, de señoras que pudieron tener dos partos en una año, uno a principios de enero y el otro a fines de octubre. Según don Sebastián Lerdo de Tejada (Memorias) esto de las oaxaqueñas prolíficas tenía trascendencia patria, porque aquí en cada advenimiento de un niño “temblaba el presupuesto del Estado, y era inevitable que el recién nacido llegaría a ser abogado o general, o las dos cosas.

































