FERNANDO ANDRIACCI

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En Oaxaca existe una corriente de pintores que surgen permanentemente de esta vasta cantera que nace de la sensibilidad y creatividad que caracteriza a los oaxaqueños.

Es impreciso hablar de los “jóvenes pintores”, pues en Oaxaca literalmente todos los días nacen pintores. La Escuela de Bellas Artes de la UBJO, El Taller Rufino Tamayo, La Casa de la Cultura y los talleres particulares, así como algunos maestros reconocidos que reciben discípulos. Todo esto alientan la educación y creación artística, de modo que la plástica en Oaxaca esta en permanente evolución y ebullición.

 

 

Sin embargo, podemos hablar de algunos talentos jóvenes que han madurado en su trabajo y que en muy poco tiempo, han logrado construir un lenguaje propio en el que pueda expresar su creatividad y sensibilidad. Este es el caso de Fernando Andriacci, quien nació en Cuicatlán, allá en la Región de la Cañada. Fernando desde muy pequeño manifestó su inclinación a las artes plásticas y a ellas se ha entregado con pasión y emoción. Aquioaxaca visitó su taller donde pudimos apreciar su obra y conversar sobre su carrera como artesita plástico.

 

“Nací en Cuicatlán de donde tengo muy bellos y profundos recuerdos de mi infancia. Yo crecí en un pueblito pequeño, donde hace mucho calor y siempre había muchas frutas. Recuerdo sus olores, sabores, colores y texturas. El mango, la sandía y la papaya. Recuerdo las aventuras de niño cuando íbamos con la chamacada al Río Grande a jugar. Me encantaba observar la naturaleza, las piedras, el correr del agua, los insectos, los árboles. Era un universo desconocido y al mismo tiempo todo era mío. Mi contacto con la naturaleza fue en libertad y con la alegría y el asombro que sólo un niño puede llegar a tener en un pueblo de la Cañada.

 

Viví hasta los nueve años en mi pueblo y creo que esos años fueron muy importantes en mi formación, no sólo de pintor, sino como ser humano. Mis padres son gente sencilla que me dieron las bases sólidas de una buena educación y como mis hermanos estudiaban en la Ciudad de Oaxaca a los 9 años me fui con ellos.

Un día mi hermano mayor, como veía que me gustaba tanto dibujar, pues mis cuadernos estaban todos rayados y me la pasaba las horas enteras dibujando, me dijo que si quería que me inscribiera en la Casa de la Cultura Oaxaqueña y por supuesto que yo dije que si.

 

Ese fue mi inicio “formal” en las artes plásticas. Mi maestro fue Manuel Ruiz Avendaño, con él estudié cinco años. La Casa de la Cultura fue otro universo de experiencias. No sólo por mis la enseñanza de taller, sino porque en la Casa de la Cultura pude apreciar muchas manifestaciones del arte. Las exposiciones y todas las actividades me fueron desarrollando mi aptitud para percibir las diversas manifestaciones de la creatividad, lo que me permitió empezar poco a poco a conocer los diferentes lenguajes del arte.

 

Después me pasé al Taller Rufino Tamayo, cuando lo dirigía el maestro Atanacio García Tapia. Fue una época muy buena del Taller y muy intensa para mí, pues tuve la suerte de conocer a muchos maestros que venían a realizar residencias al taller y aprendimos mucho de todos ellos.

Otra experiencia muy buena que pude tener en el Taller Rufino Tamayo fue el dar clases de artes plásticas a los niños. Me descubrí en los niños, aprendí más de ellos que lo poco que yo les pude enseñar. Los niños son verdaderos maestros de la creatividad, no tienen restricciones, ni complejos, son totalmente libres.

 

Yo disfruto mucho lo que hago. Es una pasión y me gusta tanto como el que corre autos. Lo que hago es muy emocionante y me paso las horas absorto trabajando. Nunca me propuse ser pintor, sólo hice lo que sentía y disfrute todo cuanto hacía.

Lo hice con disciplina y con honestidad. Pues en este camino es muy fácil perder la disciplina, la sobriedad y el respeto al trabajo. Cuando se es muy joven no se ha madurado lo suficiente y tal vez esa es la razón por la que muchos se pierden en el camino.

 

 

En el Taller Rufino Tamayo estudié dibujo, pintura, gravado, historia del arte. Estuve en el Taller seis años. En la academia aprendes técnicas, pero no te enseñan la creatividad. Eso es algo que tú traes y lo vas desarrollando poco a poco a través de la observación y las vivencias.

Estuve en el taller lo que tenía que estar, hasta que me corrieron. El Taller cambió su idea original y las cosas fueron diferentes, cambiaron de directores. En esos tiempos estudié en el Colegio de Bachilleres y participé en los cursos anuales que hacía el la Dirección de Promoción Cultural de la SEP para capacitar instructores.

 

 

Cuando llegué a tener una visión más amplia de lo que era el trabajo en las artes plásticas, tomé la decisión de dedicarme a ellas totalmente, en cuerpo y alma.

A pesar que mis padres me dijeron que me moriría de hambre, que mejor “me pusiera a trabajar”, asumí mí propio destino y algo en lo más profundo de mí, sabía que estaba haciendo lo correcto. Al principio hacía de todo. Figura humana, paisajes, bodegones. Hasta que nació una necesidad para jugar con las formas y los colores.

 

 

A mi me gusta como pintan Toledo, Zarate, Hernández y Leyva. Pero me casé y tuve una bebé. María Fernanda me transformó totalmente. Ser padre te transforma para toda la vida. Los niños te desarrollan la ternura y te estremecen. Empecé a recordar mi niñez, mi pueblo, los juegos. Empecé a ver el mundo con otros ojos y mucho se lo debo a mis dos hijas.

 

A mi me sirvió mucho entrar a una galería cuando tenía 16 años. Eso de alguna manera te ayuda a formalizar tu propio trabajo. Trabajé con la Galería Quetzali y eso me obligó a tener mayor seriedad y responsabilidad, pues uno empieza a tener una secuencia en la producción. Estructuras un discurso en un cuadro y lo sigues en otro. De modo que vas contando tus historias a través de cuadros, pues todos tienen una secuencia.

 

Al tiempo mi trabajo se transformó. En mi búsqueda me metí a desdibujar las formas y a experimentar con las texturas y entre sin pensarlo en la abstracción. Los insectos, los fondos muy rascados, los elefantes, las niñas y los niños y de pronto me encontré con una pintura infantil. Mi propósito es expresarme con pocos colores y líneas, para llegar a la gente.

 

El mundo y el “mercado” influyen sobre el pintor. El pintor necesita ser libre y auténtico para poder expresar lo que siente. Es como un círculo perfecto. Vas de la inocencia primera, pasas la selva de las técnicas y las influencias, para buscar regresar al origen. La inocencia del niño se va perdiendo y te conviertes, poco a poco casi sin darte cuenta en un pintor “maloso”. No pintas lo que deseas, sino lo que pide el mercado. Ese es el desafío que uno tiene que vencer.

 

Lo que yo espero a futuro de mi obra es llegar a “la inocencia prístina”. Cerrar el círculo y llegar al principio, con todo el conocimiento de las técnicas y la experiencia de trazo, pero conservando la esencia de mi primera infancia que se sostiene en la inocencia y la honestidad.

 

   

Fernando Andriacci

Pinos 113, Col. Jardín, Oaxaca, C.P. 68020

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Oscar Santiago

Tel: 01 (951) 236 84 26

 

 

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